AVISO IMPORTANTE

ESTA PÁGINA CONTIENE SPOILERS DE LA NOVELA «LAS SIRENAS NO EXISTEN»

La novela «Las sirenas no existen» ha sido escrita entre octubre de 2023 y febrero de 2025 y contiene 53.095 palabras.


La novela consta de doce capítulos, numerados con números romanos en lugar de los habituales números arábigos utilizados en obras anteriores del autor. Esta elección estilística se inspira en las novelas victorianas, donde era común presentar los capítulos con cifras como I, II, III, aportando un aire clásico y literario a la estructura de la obra.


«Las sirenas no existen» se inscribe dentro del género de la tragicomedia, una combinación de elementos dramáticos y cómicos que refleja la complejidad de la vida misma. Esta mezcla permite abordar temas profundos y emotivos sin perder el sentido del humor ni la ligereza, creando un equilibrio que invita al lector a reír y reflexionar al mismo tiempo.


La protagonista de la novela se llama María Antonia, un nombre elegido cuidadosamente por su carga simbólica y su cercanía. El autor buscaba un nombre campechano y accesible, que facilitara al lector una conexión inmediata con el personaje.

María, uno de los nombres más comunes en España, aporta familiaridad y arraigo cultural. La elección de un nombre compuesto responde al tono de tragicomedia de la obra: una combinación de lo cotidiano con lo solemne, de lo entrañable con lo dramático, que define tanto al personaje como al espíritu de la novela.


A lo largo de la novela, el número 222 aparece o se menciona en doce ocasiones. Esta repetición no es casual: funciona como un motivo recurrente, cargado de simbolismo o como un guiño oculto al lector más atento. En numerología, el 222 se asocia con la búsqueda del equilibrio, la paz interior y las decisiones alineadas con el propósito personal, simbolizando una etapa de tránsito donde todo parece caótico, pero en realidad está tomando forma. Además, en algunos relatos contemporáneos o místicos, ver el número 222 repetidamente se interpreta como una «señal del universo», una confirmación de que se está en el camino correcto, aunque aún no se comprendan todas las piezas.

A lo largo de la novela, la autora menciona más de cincuenta animales, integrándolos en descripciones físicas, comparaciones emocionales o frases hechas y refranes populares. Esta presencia constante del mundo animal no es casual: funciona como un recurso simbólico y expresivo que refuerza el carácter intuitivo, instintivo y a veces salvaje de los personajes.


El animal favorito de María Antonia es el avestruz, una elección poco común pero profundamente reveladora. La narradora lo menciona hasta en nueve ocasiones a lo largo de la novela


María Antonia tiene un repertorio personal de palabras y expresiones que repite a lo largo de la novela, como si fueran parte de su escudo emocional o su manera de habitar el mundo. Estas repeticiones no son tics vacíos, sino reflejos de su identidad: una mezcla de humor, ironía y ternura que revela tanto como oculta. Al lector atento, estas recurrencias le permiten conocerla más allá de lo que dice literalmente: a través de cómo lo dice.

▸ Bueno, Eric, ¿estás preparado?

▸ De rebato

▸ De forma caótica y desordenada

▸ Escusado

▸ Floripondio

▸ La verdad

▸ No te sulfures

▸ Of course

▸ Patrañas

▸ Porrón

▸ Puñetera

▸ Sea como fuere

▸ Terrorista

▸ Trepidante

▸ Tropecientos


A diferencia de las novelas anteriores de Naviru Shorno, en las que todas las palabras extranjeras eran traducidas mediante notas de autor, en Las sirenas no existen esta práctica ha sido deliberadamente abandonada. En esta obra, los términos y frases en otros idiomas aparecen sin traducción, desafiando al lector a deducir su sentido por el contexto o a enfrentarse, directamente, al misterio.

Esta decisión responde a un cambio de enfoque narrativo: en esta novela, las notas al pie no pertenecen al autor, sino a un personaje que dialoga con el texto desde dentro de la ficción. Así, las notas dejan de ser explicativas para convertirse en respuestas, comentarios o incluso pequeñas réplicas emocionales que enriquecen la lectura desde otro ángulo. La ausencia de traducción subraya este desplazamiento: la novela no busca aclarar, sino provocar, sembrar ambigüedad y complicidad con el lector atento.


El personaje de Marciana es introducido con un halo de misticismo que impregna todo el primer capítulo. Su presencia se asocia desde el inicio con lo esotérico, lo intuitivo y lo sobrenatural: se la describe con términos propios de una bruja, rodeada de símbolos, gestos y silencios cargados de significado. Esta construcción deliberada busca generar en el lector una mezcla de fascinación y desconfianza, como si Marciana habitara una dimensión paralela dentro del mundo de la novela.

Para los lectores familiarizados con El secreto, de Rhonda Byrne, esta sensación se intensifica desde el principio: Marciana pronuncia, ya en las primeras páginas, al menos cuatro frases célebres del libro, incorporándolas a su discurso como si fueran verdades universales. Lejos de ser una simple referencia, estas citas funcionan como guiños intertextuales que refuerzan su carácter enigmático y su relación con las fuerzas invisibles que mueven la narrativa.

▸ Tus pensamientos son semillas, y lo que cosechas dependerá de las semillas que plantas.

▸ Cuando quieres cambiar tus circunstancias, primero debes cambiar tus pensamientos.

▸ El universo siempre está conspirando a tu favor.

▸ Todo el mundo tiene el poder de visualizar.


En todos los capítulos de Las sirenas no existen, María Antonia se llama «tonta» a sí misma al menos una vez, pero nunca repite la misma fórmula. Cada capítulo ofrece una variación distinta, desde expresiones conocidas como «tonta lava», «tonta del bote» o «tonta del campeonato», hasta invenciones propias como «tonta del ciprés», que mezcla lo absurdo con lo poético. En uno de los capítulos incluso emplea una expresión incorrecta: se autodenomina «tonta del Picio», cuando en realidad Picio es un personaje popular por su fealdad, no por su falta de inteligencia.


La frase «Ya sabes que a tu madre nunca se le ha dado bien…» aparece en todos los capítulos de la novela como una muletilla recurrente de María Antonia para reconocer sus limitaciones, ya sea en asuntos triviales como la mecánica o en decisiones de mayor calado emocional. Esta expresión, cargada de autoironía y ternura, funciona como una fórmula de protección: una manera de confesarse vulnerable sin perder la voz propia.


Sin embargo, a partir de la segunda mitad de la novela, el adverbio nunca es sustituido sutilmente por siempre. Este pequeño giro lingüístico no es casual, sino una muestra de la evolución del personaje. El cambio implica una aceptación más serena de sus debilidades, una mirada retrospectiva menos cruel y más compasiva, que sugiere madurez y reconciliación con su historia personal.


A lo largo de Las sirenas no existen aparecen frases tachadas, un recurso visual y narrativo que el autor no había empleado en ninguna de sus obras anteriores. Al principio, María Antonia las utiliza para corregirse: pequeñas imprecisiones, lapsus o matices que necesita ajustar sobre la marcha, como si escribiera o pensara en voz alta. Sin embargo, a medida que avanza la novela, las tachaduras adquieren un peso emocional mayor.

En los capítulos finales, ya no corrigen simples errores, sino que revelan procesos internos más complejos: dudas, replanteamientos, intentos de decir algo que no se atreve a afirmar del todo. La frase tachada se convierte así en una marca de evolución, mostrando no solo lo que María Antonia dice, sino lo que está aprendiendo a dejar atrás o a reformular.


La novela está plagada de citas musicales que se deslizan en los diálogos, pensamientos o descripciones como si fueran parte natural del lenguaje de los personajes. Estas referencias no se presentan como epígrafes ni entre comillas destacadas, sino integradas sutilmente en el flujo narrativo, lo que las convierte en pequeñas recompensas para el lector atento.


Las canciones citadas pertenecen a un abanico muy diverso de artistas: desde el flamenco desgarrado de María Jiménez hasta el rap introspectivo de Zenit; desde el pop sentimental de Tiziano Ferro hasta la crudeza lírica de Joaquín Sabina; pasando por Estopa, Amaral, Pol Granch, Macklemore y Aventura. Esta mezcla de estilos y generaciones refleja la sensibilidad híbrida de la novela y, sobre todo, la de su protagonista: una mujer hecha de contradicciones, recuerdos y melodías que la acompañan incluso cuando no suenan.


En «Las sirenas no existen» aparecen —o son mencionados— varios personajes de novelas anteriores de Naviru Shorno, creando un sutil universo compartido que recompensa a los lectores habituales del autor. Estas conexiones no son centrales para la trama, pero funcionan como guiños cómplices y enriquecen el trasfondo de la historia.

Entre las apariciones más destacadas se encuentra Rafaela-ela-ca, la excéntrica youtuber hermana de Magma del Nido Quijano, cuya historia se relataba en «Cuando lluevan elefantes». También aparecen, hacia el final de la novela, Abril, Rómulo y Zeus —los tres protagonistas de «Como un cielo sin estrellas»—, integrándolos en el mundo de María Antonia con naturalidad. Estas referencias cruzadas no solo amplían el universo literario de Naviru Shorno, sino que refuerzan la idea de que los personajes, aunque cambien de historia, siguen respirando en algún rincón de su imaginación.


Antes de dar color y vida a la portada definitiva de Las sirenas no existen, la ilustradora me presentó estos dos bocetos. Cada uno capturaba una atmósfera distinta, con su propia sensibilidad y enfoque. Fue un momento emocionante: ver cómo empezaban a tomar forma los elementos visuales del libro, cómo el tono de la historia se iba dibujando con lápiz y sombra.

Estos dibujos son parte del proceso creativo que rara vez se muestra, pero que da sentido a cada línea, cada decisión y cada detalle de la ilustración final.

Todos los protagonistas de las novelas de Naviru Shorno siguen, de una forma u otra, las etapas del viaje del héroe de Joseph Campbell: ese recorrido mítico en el que un personaje abandona su mundo, se enfrenta a desafíos, encuentra aliados y enemigos, muere simbólicamente… y renace transformado.

Pero en «Las sirenas no existen», María Antonia rompe las reglas. Cuando comienza la historia, ella ya ha recorrido ese viaje. Ha vivido su propia odisea, ha cruzado umbrales, enfrentado pérdidas y monstruos personales. Solo que no lo ha asimilado.

Ha pasado por todo ello sin haberlo interiorizado. Y es al narrar lo vivido —al enfrentarse a su historia y contarla— cuando comienza, por fin, a procesar el pasado y transformarse de verdad.

Su viaje no es de acción, sino de comprensión. Y quizá ese sea el más complejo de todos.


Al inicio del capítulo V de «Las sirenas no existen», María Antonia no puede dormir. En medio del insomnio, empieza a contar estrellas, como si pudiera poner orden en su caos interior. En un momento dado, menciona una cifra: 1.671.395.638.

A simple vista, parece un número enorme elegido al azar. Pero en realidad, se trata del ISBN de la edición en tapa blanda de la novela «Como un cielo sin estrellas», otra de las obras de Naviru Shorno. Un detalle oculto que conecta ambas historias y universos, y que funciona como un pequeño homenaje escondido entre líneas.


El número de estrellas no es el único guiño a Como un cielo sin estrellas. A lo largo de Las sirenas no existen, se mencionan varios personajes históricos y ficticios, dispersos entre las páginas como si nada. Pero hay un secreto: esos mismos personajes —y en el mismo orden— aparecen también en la otra novela de Naviru Shorno.

A través de estos nombres, las dos historias se comunican en silencio. Es como si compartieran un lenguaje oculto, una constelación de referencias que las une. Doce capítulos, doce nombres, doce puntos de conexión entre dos cielos que, quizás, no están tan separados.

▸ Capítulo 1: Marge Simpson

▸ Capítulo 2: Carlos Ruiz Zafón

▸ Capítulo 3: The Beatles

▸ Capítulo 4: R.L. Stine

▸ Capítulo 5: Richard Matheson

▸ Capítulo 6: Julio Verne

▸ Capítulo 7: Mónica Geller

▸ Capítulo 8: Jim Carrey

▸ Capítulo 9: El primo de Zumosol

▸ Capítulo 10: Shakira

▸ Capítulo 11: Richard Nixon

▸ Capítulo 12: George R.R. Martin


Durante el proceso de escritura de «Las sirenas no existen», el autor realizó dos concursos en grupos de lectura de Facebook, invitando a la comunidad lectora a formar parte de la historia de manera directa.

🟣 En el grupo Amamos la novela negra, el thriller y la literatura de género, se pidió a los participantes que compartieran una anécdota divertida vivida con sus hijos. La ganadora fue Maryam Herlob, cuya historia conquistó al autor: su hijo, empeñado en convertirse en Bart Simpson, se pintó la piel con azafrán. Al día siguiente, la profesora, preocupada, llamó pensando que sufría un problema hepático. Esta divertida escena es narrada por la protagonista, María Antonia, en la novela.

🟢 En el grupo Ladrones de libros, el reto consistía en proponer un nombre femenino para un personaje afroamericano. El nombre elegido fue Nassoumi, sugerido por dos participantes: Mariam Beítez y Roser Garzón Prieto, quienes comparten el mérito y fueron premiadas con una copia digital de cualquier libro del autor.


En Las sirenas no existen, los nombres no se eligen al azar. Uno de ellos —aunque no lo parezca— tiene ecos de antiguas leyendas del norte. Hablamos de Väinämöinen, una figura legendaria del Kalevala, la epopeya nacional de Finlandia.

Väinämöinen no es un héroe cualquiera: es un sabio, un mago, un músico y un poeta. Su poder no reside en la espada, sino en la palabra. Canta, crea y destruye con su voz. Representa la sabiduría ancestral, la conexión con la naturaleza, y el poder transformador del lenguaje.


Los hijos de María Antonia, la protagonista de «Las sirenas no existen», se llaman Eric y Úrsula. Puede parecer una simple elección de nombres… hasta que recuerdas «La sirenita», la película de Disney.

Sí, Eric es el príncipe humano que enamora a Ariel, y Úrsula es la bruja del mar que le roba la voz. En la novela, estos nombres no son casualidad. Representan los dos extremos que conviven en cualquier historia —y en cualquier familia—: el amor idealizado y el conflicto inevitable, la ternura y la tormenta, la inocencia y la manipulación, el deseo de libertad y las cadenas invisibles.